Fueron los
italianos los primeros en utilizar el aeroplano como instrumento de
combate, durante la invasión de Tripolitania en 1911. Sin embargo,
cuando cuatro años más tarde -el 24 de mayo de 1915- Italia
se sumó a la primera conflagración mundial, el rey Victor
Manuel convocó solo a los soldados de tierra y mar.
¿Por qué solo de tierra y mar?
Porque a nadie podría habérsele ocurrido entonces, hacer
la guerra desde el aire. Las máquinas voladoras no habían
sido hechas para eso. No servían para combatir, porque no tenían
poder de fuego. Además, cuando se las incorporó a la guerra,
nadie sabía como pelear en el aire. La enseñanza, la daba
el enemigo a tiros.
Surgió entonces el debate entre los pilotos, acerca de las ventajas
e inconvenientes de distintas formas de lucha. En medio de los zumbidos
sobre sus cabezas de las máquinas enemigas y el estruendo de
la artillería haciendo temblar los hangares.
Algunos creían que era un buen sistema atacar de frente al adversario.
Pero en esas condiciones, otros se preguntaban como apuntar con alguna
seguridad.
Se hacía fuego al azar y raramente se daba en el blanco.
Llevar el ataque a popa en picada, parecía ser lo mejor. Pero
no desde lo alto, sino desde una posición inferior a la del enemigo.
Y hasta el cocinero opinaba: "Hay que colocarse debajo del adversario
y aguardar para romper el fuego, a encontrarse muy cerca de él,
a unos 50 mts", decía. Y le daban la razon, porque así
era, en realidad, como se conseguía un tiro certero.
Para ponerle el pecho a esa difícil situación, estaba,
entre otros, el argentino -menor de edad, entonces- Eduardo Alfredo
Olivero, quien me transmitió personalmente estos valiosos testimonios.
Volaban todas las horas del día y, tambien, algunas de la noche,
cumpliendo diversas tareas, que iban desde el levantamiento de fotografías
del otro lado de las líneas enemigas, al bombardeo de posiciones
rivales. De la coordinación entre el comando de una división
y las unidades que la integraban, tanto en el ajuste del tiro de la
artillería como en la formación de cortinas de humo, hasta
el combate directo con bombarderos enemigos; escoltando, asímismo,
a sus propios aviones.

Disparaban
desde las alturas, por aquel entonces, con pistolas o revólveres
comunes. O arrojando ladrillos, vulgares y silvestres, que, lanzados
desde el aire, poseían una respetable capacidad destructiva.
Colocando cadenas de hierro a los aparatos, inclusive, para dañar
al enemigo que, eventualmente, se pusiera debajo de las máquinas.
O dejando caer a mano pequeñas y casi inofensivas bombas.
En cada entrevero, prevalecía la acrobacia. El piloto capaz de
efectuar las más variadas maniobras, llevaba una ventaja enorme
sobre los menos diestros.
Cuando atacaba un avion de caza enemigo, debían realizarse maniobras
rápidas y pronunciadas, para cambiar casi instantaneamente de
posición, sacando de determinados ángulos de tiro al atacante.
O bien, para colocar en mejor situación las propias ametralladoras.
Así se sucedían las evoluciones, buscando recíprocamente
el blanco sin hallarlo.
Un balanceo característico del aparato del jefe de escuadrilla,
era la orden de ataque.
En algunos casos, se producían combates en los que las máquinas
describían en el cielo un curso completo de acrobacia, ante la
admiración de las tropas enterradas en el barro de las trincheras.
Y despues de una prolongada y caprichosa serie de dibujos, los pilotos
que, con maniobras habilísimas, no se habían dejado centrar
por largo rato en la mira de puntería del arma enemiga, optaban
por retirarse con las cargas de sus armas intactas.
En otros casos, el avion que aterrizaba convertido en colador, debía
partir de nuevo hacia el frente, luego de tapar con obleas los agujeros
provocados por las balas.
Para derribar a un avion -nos decía Olivero-, era preciso dar
muerte al piloto. Y nos narraba, entre otros, un caso sumamente dramático:
Gabriel d´Anunzio, el célebre poeta soldado, comandante
de la escuadrilla "La Serenisima", corrió por lo menos
en tres oportunidades peligro de muerte en un mismo vuelo. Tres veces
se paró el motor en territorio enemigo. Tres veces estuvo a punto
de recurrir al gran remedio de todos los males: un minúsculo
depósito de veneno mortal que llevaba oculto en el anillo. Pero
cuando se despedía de su acompañante Natalio Palli con
una mirada a traves del parabrisas, los ojos expresivos del copiloto
lo detuvieron: "¡Espera!.. ¡espera!.. ¡espera!"
Y en el cuarto intento, milagrosamente, reemprendió el motor
otra vez la marcha.
Apostaban la vida y muchas veces la perdían. Y solo
consideraban que una victoria era completa, cuando los cuerpos de los
aviadores derribados eran enterrados.
Era tan encarnizada la lucha, que cuando no podían abatir al
rival con las armas, algunos pilotos, en actitud suicida, lo embestían
con su propio avion, cayendo ambos envueltos en llamas. Como el teniente
ruso Pietr Nesterov y el chileno Arturo del Oro Gonzalez.
Y la parte sentimental, enternecedora, de la guerra. No solo arrobajan
balas desde el aire, sino tambien, aveces, flores. Sobretodo cuando
doblaban las campanas por un entierro.