DESDE TANDIL AL MUNDO,
Volando en alas de la historia

Ciudad de la provincia de Buenos Aires, Argentina, se distingue Tandil en el mundo entero por la bondad de sus sierras y colinas, por sus mansos arroyos y manantiales. Por la importancia de su comercio, por la relevancia de su industria, por la envergadura de su actividad agropecuaria. Por sus sitios religiosos y culturales, tradicionales y paisajísticos.

Por su aire fresco y puro, además. Por la enorme luna que de noche asoma en su cielo. Y por el rumor del agua serpenteando entre los cerros...

Fue célebre -lo sigue siendo aun- por la famosa Piedra Movediza que ya no está. La inmensa mole de más de 400.000 kilos que osciló, durante siglos, increíblemente, al borde de un abismo.

Es famosa también Tandil, entre otras bondades, por el aporte significativo que ha realizado y realiza, a través de más de una centuria, a la historia de la navegación aérea.

Desde el remoto miércoles 27 de febrero de 1889 - 116 años atrás- día en que la población tandilense rugió de entusiasmo y santiguándose miró lo increíble: como un aeróstato se elevaba y alejaba, silenciosamente, con un cesto de mimbre balanceándose al viento.

En él iba Pablo Sanz, capitán del Ejército español llegado circunstancialmente a la ciudad, saludando a la muchedumbre con un pañuelo blanco. Demostrando, incuestionablemente, que era posible elevar al espacio un cuerpo más pesado que el aire.

El intrépido aeronauta remontó ese día a unos 400 metros, descendiendo con la "montgolfiera" denominada "Albatros" que tripulaba, quince minutos más tarde.

Pudo verse entonces -decía la crónica- como el atrevido español se descolgaba por una cuerda amarrada al cesto, a fin de tocar tierra antes que el globo.

"Hay que convenir -agregaba el diario El Eco de Tandil- que el señor Sanz tiene una sangre fría pasmosa, pues con la mayor serenidad y una decisión imperturbable, al tiempo de remontarse el globo se trepó de una cuerda y con la mayor ligereza, se colocó en su sitio".

A este singular acontecimiento, le sucedieron otros no menos trascendentes, que marcaron con caracteres indelebles el constante afán de los tandilenses buscando cielos.

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Tres lustros habrían de transcurrir, para que otra vez la gente se frotara los ojos, incrédula de lo que estaba viendo. Cuando una bicicleta voladora, tripulada por el calabrés Guido Dinelli, se elevaba por el aire para después caer, tal como expusimos con el Comandante Mayor de Gendarmería Salvador Roberto Martinez, en el Congreso de la Federación Internacional de Historia Aeronáutica y Espacial realizado en Santiago de Chile en octubre de 2003.

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