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El comandante EDUARDO ALFREDO OLIVERO
nació en la ciudad de Tandil, provincia de Buenos Aires,
Argentina, al pié mismo de la célebre Piedra
Movediza -inmensa mole constituida en maravilla mundial, que
se balanceaba increíblemente sobre un minúsculo
punto de apoyo al borde del abismo- el 2 de noviembre de 1896.
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Cuando recién llegaban -en 1910- los primeros aviones a
la Argentina, contaba tan solo trece años de edad. No obstante
lo cual, respondiendo a una incontenible fuerza interior, se propuso
aprender a volar.
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Nada le fue fácil, ya que debió eludir la oposición
de sus mayores, viajando a escondidas, en un tren de carga a Buenos
Aires.
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Después, debió alimentarse, para subsistir, con
las ranas que él mismo pescaba en una laguna aledaña
al campo de volaciones.
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Hasta que aprendió a volar y voló. Pero no
le dieron la licencia, porque era menor de edad.
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Como no lo autorizaban y él quería ir en vuelo
a su pueblo natal, se apoderó subrepticiamente de
un aparato de la escuela de aviación y salió
en vuelo rumbo a Tandil, dándose el gusto de ser
el primer aviador que voló sobre la ciudad donde
nació, el 14 de julio de 1914.
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Cuando en 1915 Italia entró en la primera guerra mundial,
abandonó de nuevo la casa de sus mayores -también
subrepticiamente- y cruzando el mar fue a defender, como voluntario,
la tierra de sus padres.
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En la península le ofrecieron el grado de oficial, a cambio
de nacionalizarse italiano. Prefirió, sin embargo, empezar
desde abajo, como soldado raso, y seguir siendo argentino. Para
lucir, llegado con su esfuerzo a la mayor jerarquía, la
cinta azul y blanca que llevaba en el bastón de mando de
su aparato de combate.
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Llegó así, por méritos propios, a integrar
la escuadrilla de los ases, al cabo de numerosas hazañas
que fueron prendiendo en su pecho las más importantes condecoraciones
otorgadas al valor militar.
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Al regresar a Tandil, cargado de gloria, lo recibió
todo el pueblo, llevándolo por las calles en andas.
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Volando poco después en su ciudad natal, tomó
fuego su avión, volando a 1.400 mts. sobre la plaza
principal. Circunstancia en la que exponiendo su vida, quemándose,
alcanzó a llegar a la pista de aterrizaje. Se arrojó
entonces del aeroplano, revolcándose en el suelo
para apagar las llamas.
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Sufrió, en aquel momento, graves quemaduras. Y cuando
al cabo de varios meses se repuso de las mismas, apenas
abandonó el hospital... siguió volando.
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Batió el record mundial de altura con pasajero, acompañado
por una señorita.
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Intentó después otro record de altura -el
sudamericano- envolviéndose con piolín y papel
de diarios -no había entonces otro medio- para soportar
el frío de las alturas. Desvanecido, cayó
entonces desde 8.000 mts., Aterrizando en medio de una tropa
de ganado, sin hacerse milagrosamente nada.
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Ese mismo día, en tierra, casi se mata. Chocó con
un auto de carrera -abierto, como se usaban entonces- contra un
carrito de verdulero tirado por un caballo que justo fue a cruzársele
en el camino. Una de las varas le deshizo el rostro.
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Con Bernardo Digan y Julio Campanelli, realizó en un hidroavión
después, el primer vuelo en la historia entre Nueva York
y Buenos Aires. En 37 etapas increíbles, al cabo de 81
días, también increíbles, que incluyeron
una caída -y una odisea, increíble- en la selva
amazónica.
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No obstante la desfiguración de su rostro y las cicatrices
de sus múltiples lesiones y quemaduras, contrajo
enlace con una de las mujeres más bellas de Buenos
Aires. Que aprendió a quererlo, en la escuela, cuando
la maestra le iba indicando en un mapa los pormenores de
la hazaña.
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Dispuesto siempre a escalar alturas, se propuso luego realizar
una ascensión científica, en globo, a la estratósfera,
acompañado por un sacerdote.. Pensaba llegar a 30.000
mts. de altura. Pero el estallido de la segunda guerra mundial
interrumpió su proyecto.
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Al cumplirse 50 años del primer vuelo sobre Tandil, -en
1964- realizó otro vuelo; esta vez, evocativo. Saliendo
del Club de Planeadores, se dirigió hacia La Movediza y
revoloteó sobre la ciudad, como en 1914.
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Falleció en Buenos Aires, el 19 de marzo de 1966, poniendo
fin a una vida de epopeya por las rutas del aire, de América
y de Europa.